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Vino barato vs. Vino caro: No hay competencia

Vino barato vs. Vino caro: No hay competencia

¿Por qué los periodistas siguen considerando una revelación que el consumidor “medio” no puede distinguir un vino de 8 dólares de uno de 45? Este terreno ha sido cubierto tantas veces, sin embargo, se siguen realizando pruebas de este tipo (en este caso unos 600 consumidores en la Feria de Ciencias de Edimburgo).

Ciertamente no les envidio a aquellos que tienen la curiosidad de probar esta hipótesis por sí mismos, en lugar de confiar en las pruebas que ya se han hecho. Y realmente aprecio el grado en que tales pruebas y sus inevitables resultados ayudan a los consumidores ordinarios de vino a sentirse bien acerca de su disfrute de los vinos en el extremo inferior de la escala de precios (en oposición a las suposiciones autocríticas comunes de que son incapaces de apreciar las cosas caras).

Supongo que lo que me sorprende es que alguien piense que de alguna manera los consumidores sin educación e inexpertos podrían ser capaces de elegir el vino más caro sólo por el gusto. Demonios, muchos periodistas y vinicultores no podrían hacer eso de manera consistente, y mucho menos una población de personas al azar que pueden o no pueden beber vino.

Por supuesto, incluso dejando de lado las habilidades de degustación y la experiencia de los sujetos de prueba, tales pruebas están llenas de dificultades, comenzando con la más básica de las presunciones de que de alguna manera hay una correlación entre las cualidades organolépticas del vino y su precio. El vino caro no es, por definición, mejor, no importa lo que diga el marketing. ¿Existe una correlación positiva entre la calidad y el precio? Bueno, algunos dirían que no a gritos. Pero creo que sí, aunque sólo sea por los principios fundamentales de la economía que operan en el vino como en cualquier otro lugar del mundo. Y luego está el hecho de que muchos vinos caros no están necesariamente diseñados para saber bien, y nunca podrían competir con un vino joven de lujo en todos los paladares excepto en los más estudiados.

Pero dejando a un lado esos y muchos otros problemas con tales pruebas, la realidad fundamental permanece: la mayoría de las personas prestan muy poca atención a lo que ponen en sus bocas, y tienen muy poco lenguaje (y la experiencia que produce tal lenguaje) para diferenciar entre los sabores y sensaciones en su paladar. Decir esto no es hacer ningún juicio de valor sobre la situación, sino simplemente exponer los hechos. Es como decir que muchos niños no saben mucho y no pueden apreciar la música clásica. ¿Podemos dejar de hacer estas pruebas y centrarnos en animar a todos a beber más vino, sin importar el precio?

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